Nací en 1980 y crecí en una década en la que sonaba con fuerza la canción de Un solo pueblo que rezaba: “Viva Venezuela mi patria querida, quien la libertó, mi hermano, fue Simón Bolívar”. Incluso, se llegó a decir que esa canción la utilizaba Andrés Galarraga cuando era presentado en el mismísimo estadio Coors Field de Los Rockies de Colorado.
Desde pequeño nos inculcan el patriotismo por el país. La religión nos dice que debemos amar a Dios por encima de todas las cosas, pero en las escuelas, en la Constitución, en las calles, nos repiten que la bandera, el escudo y el himno son los elementos más sagrados que debe tener un ciudadano. Es decir, la fe o el patriotismo nos debe llevar a un criterio completamente subjetivo. A mis 42 años de edad (a una semana de cumplir 43) me pregunto: ¿Debe haber un límite en cuanto a esto?
Para un venezolano de cuatro décadas como el que escribe estas líneas es un caso complejo. Nacimos en la República de Venezuela y cuando nos convertimos en mayores de edad, cuando el pensamiento debe madurar y tener criterio propio, nos cambiaron el país para que se convirtiera en la República Bolivariana de Venezuela. Pobres los amantes de José Antonio Páez, figura antagónica del ideal bolivariano en la historia de Venezuela, pero que no deja de ser heróico. La bandera pasó de siete a ocho estrellas, incluso hasta el escudo lo cambiaron.
Que te cambien los símbolos patrios con los que tu creciste bajo el pensamiento, casi doctrina, de amor puro, debe ser a algo parecido a que cambien a tu pareja luego del matrimonio pero debe mantenerse el contrato de “Hasta que la muerte los separe”.
Al grano, mi reencuentro con Venezuela
Tengo siete años sin pisar el país donde nací y crecí. Sin embargo, tengo dos años consecutivos pisando la embajada de Venezuela en México. Se dice que cuando se entra a una embajada, es como visitar un rinconcito del país.
Desde el año pasado fui testigo de cómo el personal de la Embajada de Venezuela ha tenido que luchar contra el prejuicio y la polarización del país. Ellos son representantes del gobierno de Nicolás Maduro, del chavismo, mientras que la mayoría que está fuera del país adversa precisamente ese sistema de gobierno. En ese sentido, los funcionarios venezolanos tienen como clientes a personas que vienen predispuestas o a enfrentarse con ellos. Presencié cómo más de uno debió poner las dos mejillas ante los venezolanos iracundos que buscan renovar el pasaporte.
Sin embargo, no deja de ser complicado y, hasta que tal punto, debemos ser solidarios por patriotismo o denunciar lo que está mal, por justicia social.
De la recepción no pasó una mujer cuya historia esbozaba era que estaba en México sin pasaporte. “Es que yo tuve problemas con la Embajada de México en Caracas y por eso tuve que salir”, decía en un relato lleno de incongruencias y carentes de certezas. Mientras que la funcionaria venezolana colocaba el freno de mano para no rechazarla desde el primer momento. ¿Sin pasaporte cómo entraste a México? Le preguntaron. “A pie”, respondió mientras agregaba que quería obtener el pasaporte para poder casarse.
En el piso tres también está otro venezolano, un “Eudomar Santos” refinado pero que no dejaba de ser pretencioso o al menos ese era su objetivo al estar conversando con una dama que hacía gala de la fama de la belleza de la mujer venezolana. “Yo tengo una oficina en Hollywood, pero no de los Ángeles, sino de Miami, Florida”, repetía como carta de presentación.
Al lado de esta conversación, una mujer estaba sentada y le costaba subir su mirada. Debajo del ojo, mostraba una marca morada que hacían posibles dos conjeturas: una ojera pronunciada producto de su tez blanca o una marca reciente de la vida. Al ponerse de pie, exhibió parte de sus curvas ya que su vestido color carne, color piel, era tan adherido al cuerpo que confundía a los presentes ssobre si se trataba de una tela transparente o era precisamente una de “color carne.”
La entrada de otro ciudadano con el celular en la oreja hizo que saltara un funcionario de su silla de trabajo: ”Señor, aquí no se puede usar el celular, está en una Embajada”. El visitante pidió permiso para atender una llamada y volver a entrar. “Señor es cuestión de prioridades, le dijo y pregunto: ¿Cuál es su prioridad? ¿Su pasaporte o la llamada? Acto seguido, el ciudadano escondió su teléfono.
Al presenciar esta escena todos los presentes, el trabajador de la embajada procedió a pronunciar un discurso que se tornaba casi imposible no asociarlo con el discurso anti-estadounidense que se ha tenido en Venezuela desde la llegada de Hugo Chávez al poder en 1998. “En la embajada de Estados Unidos les quitan el teléfono en la entrada, hasta le hacen quitarse los zapatos. Nosotros no hacemos eso, pero tenemos nuestras propias reglas”, dijo en tono de lección.
Luego, a ese mismo funcionario le tocó atender a la dama que era objeto de la presunción del ocupante de la oficina de Hollywood, pero de Miami. “¿Código postal de su residencia en Estados Unidos”. La mujer le responde y aclara que es de Chicago, a lo que el trabajador de la oficina que representa al gobierno de Maduro le riposta. “Mi hija también vive ahí desde hace dos años”.
El procedimiento fue rápido y me tocó abandonar de forma fugaz ese rinconcito de Venezuela en tierras mexicanas, con cuadros de Chávez, de Maduro y la nueva cara de Bolívar, producto de un estudio que hizo el gobierno de Hugo Chávez tras exhumar los restos del Libertador.

Sin embargo, al lado de la embajada hay una extensión de la misma con un restaurante llamado “Órale Arepa”, un lugar que busca captar a los venezolanos que salen de la sede diplomática para que se conviertan en potenciales clientes. Sus precios son un reflejo de la Venezuela actual. Es decir, precios inflados que no obedecen a la economía local, en este caso, a la mexicana, donde compran parte de sus insumos. Me salta a la vista que ofrecen empanadas venezolanas a un precio de 160 pesos, es decir, como unos 8 dólares estadounidenses. En medio de mi incredulidad, pregunto si se trata de una ración (de varias piezas) pero la respuesta fue negativa: “160 por una empanada”.
Creí que hasta ahí llegaba mi reencuentro con mis raíces. No, perdón, no fue con mis raíces, fue con la actualidad venezolana. Lamentablemente, la empanada que no compré igual me dejó un sabor amargo en la boca con ese precio que no obedecía al costo de elaboración ni en Venezuela, ni en México.

Pero minutos después, la realidad venezolana me dio otra bofetada en la cara. Mientras disfrutaba de un exquisito café en una esquina de Polanco, veo a dos jóvenes -que probablemente no llegaban ni a los 25 años de edad- que pedían monedas en un semáforo. La pareja de venezolanos no tenía un discurso preparado para pedirle a los mexicanos que les regalara parte del dinero que ellos ganan trabajando. Estos dos “chamos” o “chavos” solo mostraban una bandera con los colores amarillo, azul y rojo. Es decir, para ellos, exhibir que vienen de la tierra de Bolívar era razón suficiente para que unas personas que no son sus paisanas, tengan que desprenderse de parte del dinero que ostentan.
Creo que Rubén Blades tenía razón: la patria son los recuerdos.

